'El juego del calamar', la sorpresa violenta

Hoy no traigo película, hoy vengo a hablaros de otra cosa: El juego del calamar (Hwang Dong-hyuk, 2021). Para quien no la conozca ya, esta serie surcoreana es la última sensación del catálogo de Netflix. De hecho, según diversos medios especializados, está a unas pocas millones de visualizaciones de convertirse en el contenido más visto de la historia de la plataforma. Esto se explica, primero, por el propio carácter adictivo de la trama. Segundo, por el momento de su lanzamiento, el timing, nos encontramos en una época del año en la que con la vuelta a la rutina apetece más quedarse en casa viendo algo, sumado a que en estas fechas se estrenan muy pocas series que le hagan la competencia. Circunstancias que ya favorecieron el éxito de la serie de robos Lupin el otoño pasado. Tercero y último, parte de su éxito reside en su exitosa campaña de promoción gracias al mejor método de todos: el boca a boca. «Tienes que ver esta serie, está bien guapa» y sus variantes es una frase muy repetida estos días.

La trama de El juego del calamar nos presenta a Seong Gi-hun, un chófer de mediana edad divorciado, que vive con su anciana madre, está endeudado hasta las cejas por su ludopatía y tiene una hija que vive con su exmujer y su padrastro. En la ultracapitalista sociedad de Corea del Sur, él es un paria. Un día se le presenta la oportunidad de participar en un concurso junto a otras 455 personas que, como él, pasan graves apuros económicos. La competición, desarrollada en una remota isla, consiste en superar seis pruebas. Dichas pruebas son juegos infantiles, como Luz roja, luz verde -en España de toda la vida el escondite inglés-, las canicas o tirar de la soga. La cuestión es que aquel que no supere las pruebas, muere. Tras la consternación inicial de los personajes por tener que enfrentarse a semejante barbarie, al final deciden continuar el concurso porque la única persona ganadora obtiene una enorme cantidad de dinero cuyo importe, al cambio, corresponde a unos 33 millones de euros.

Esta es la premisa básica de la serie, muy sugerente, en la línea de otras películas del estilo como la japonesa Battle Royale (Kinji Fukasaku, 2000) o la canadiense Cube (Vincenzo Natali, 1997). Este tipo de producciones engarzan muy bien con una generación de jóvenes acostumbrada al mundo de los videojuegos, en los que el objetivo principal es ir pasando pantallas, misiones o niveles, al igual que en esta serie, donde lo que hay que superar son pruebas mortales. Hay que decir que la trama de El juego del calamar es muy gore, muy sádica, y, en mi opinión, este tipo de producciones funcionan muy bien con actores asiáticos.

El reparto está encabezado por Lee Jung-jae, que representa al protagonista Seong Gi-hun (nº 456) antes mencionado, que es digamos el héroe del grupo; Park Hae-soo como Cho Sang-woo (nº 218), amigo de la infancia del protagonista, prometedor hombre de negocios convertido en un estafador de moral laxa; Jung Ho-yeon como Kang Sae-byeok (nº 067), la chica dura que necesita el dinero para salvar a su familia; Wi Ha-joon como Hwang Jun-ho, el policía infiltrado que trata de rescatar a su hermano; Oh Young-soo como Oh Il-nam (nº 001), anciano, uno de los concursantes más bondadosos y a su vez el eslabón más débil de la cadena y Anupam Tripathi como Abdul Ali (nº 199), inmigrante pakistaní sin un ápice de maldad, que por su simpatía es fácil que se convierta rápidamente en uno de los favoritos del espectador.

Además, cabe reseñar a otros dos personajes/concursantes, el tipo duro y la femme fatale, cuyo destino acaba ligado irremediablemente. El primero (nº 101), interpretado por Heo Sung-tae, es lo más cercano que tiene la serie a un antagonista, en la vida real es un gángster que huye de su jefe tras haberle robado dinero, al llegar a El juego del calamar rápidamente se convierte en el macho alfa, el líder de la manada, y se dedicará a sembrar el terror entre el resto de concursantes mientras se rodea de varios compinches. La segunda, la femme fatale (nº 212), interpretada por Kim Joo-ryoung, sirve de contrapunto perfecto, es una mujer algo perturbada que se dedica a atormentar al primero tras haber sido utilizada y desechada por él. La presencia de ambos es bastante interesante y sus apariciones siempre elevan el nivel de la serie.

El resto de los caracteres pasan sin mucha pena ni gloria, no por ser malos, sino por falta de tiempo, ya que la serie se centra sobre todo en el impacto visual más que en el desarrollo de los personajes, una constante mayoritaria de las producciones audiovisuales desde que las imágenes generadas por ordenador llegaron al mundo del cine. Y hay que decir que a ese nivel la serie está muy lograda, al césar lo que es del césar: los diseños de escenarios, vestuario, etc. lucen a un nivel estratosférico. Por eso el director Hwang Dong-hyuk utiliza mucho los planos generales y cenitales, que remarcan la inmensidad de la escena y la insignificancia de las personas frente a ese entorno cruel. Esta caligrafía visual es muy propia del cine de Hollywood y por eso la serie ha funcionado tan bien en el mercado internacional. El éxito a nivel de público, crítica y premios de Párasitos (Bong Joon-ho, 2019) también contribuyó enormemente a que grandes plataformas como Netflix decidieran invertir dinero y depositar su confianza en producciones surcorenas como esta.

Aunque el desarrollo del concurso es la piedra angular de El juego del calamar -sin duda cada una de las pruebas son los mejores momentos-, echo en falta alguna subtrama de interés, la única con cierta relevancia es la del policía infiltrado. La del médico y los guardias traficantes de órganos se cierra demasiado pronto cuando se le podía haber sacado muchísimo más jugo. Y la de los millonarios que aparecen al final para apostar por el destino de los concursantes es demasiado arquetípica y maniquea como para sorprender a alguien.

Sin duda alguna, la mejor prueba de la serie me ha parecido la de las canicas, no por su espectacularidad a nivel de tiros, explosiones y caídas, como el resto, sino por su especial impacto emocional. Es en esos momentos del sexto capítulo cuando la serie alcanza su cumbre más alta por la enorme tensión dramática que implica: los jugadores se emparejan pensando que competirán como equipo pero, finalmente, deben jugar el uno contra el otro a vida o muerte cuando ya muchos de ellos se habían encariñado. Tras este episodio, bajo mi punto de vista, la serie entra en cuesta abajo hacia un final plagado de plot twists y con un cierre grotesco. Se salva la intriga creada por el juego del puente de cristal, pero esto es tan solo un espejismo, ya que el desarrollo de los conflictos emocionales de los personajes resulta bastante mediocre.

Conclusión

La serie El juego del calamar me ha dejado con sensaciones contrapuestas, si bien al comienzo la idea me gustó y me enganchó, la falta de profundidad y de drama en muchos aspectos me dejó frío en los tres últimos episodios. Los personajes son muy bidimensionales, buenos y malos, lo que hace que la serie gane en previsibilidad a lo largo que avanza y reduce el factor sorpresa a varios giros de guión que no funcionan tan bien como deberían. Es una serie muy adictiva, entretenida a ratos, pero con mucho contenido de relleno. Empieza muy fuerte, alcanza varios picos, pero termina de mala manera. Todo parece indicar que tendrá, como mínimo, una segunda temporada.

- Nota final 6/10 -

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